
Dedicado a mi amiga Rosa
Siempre he pensado que con buenas palabras y un tono de
voz adecuado se puede convencer al más descreído sobre cualquier
cosa. Pero no es la única manera y ayer lo descubrí.
Había quedado por la tarde con mi amiga Rosa para tomar
café. Es un rato que necesitamos ambas para desconectar de la
rutina del trabajo.
Yo había tenido una mañana corriente, como cualquier otro
día, nada especial, así que sólo escuché a Rosa.
Ella no trabaja fuera de casa, pero dentro es una currante
infatigable, tiene tres hijos pequeños de diez, seis y tres años,
además cuida a su madre, que padece demencia senil.
Nos acababan de servir el café cuando, de repente y sin previo
aviso, levanta sus manos y dice: ¿Sabes que me pasó esta
mañana? No te lo vas a creer…Y hablando con ojos y manos, a
la vez que con las palabras me dice sin pararse en una coma:
Me levanté a las siete, preparé los desayunos de los niños,
aseé a mi Lola (que es su madre), le di su pastillita de la tensión
con un zumito, hice los bocadillos para el recreo de los
niños, volví a mi Lola y le di el desayuno, entré en el baño rápidamente y me retoqué un poco, cogí el coche y los llevé al cole,
a la vuelta me paré en el mercado, compré todo lo necesario
para la comida de hoy, me acerqué al ambulatorio, donde tenía
cita y recogí las recetas de los medicamentos que después compré
en la farmacia para mi Lola y cuando ya me iba a casa…
plaf, la guardia civil, que estaba aburrida, digo yo, y tuvo que
pararme a mí. Pongo el intermitente, me paro en la cuneta, el
guardia que me saluda educadamente y me dice que por qué
no llevo el cinturón puesto y me pide la documentación del
coche... ¿La documentación? Ya no podía más. Así que sin
poderme contener, me puse a llorar como una Magdalena…
¡Que digo! Como una loca, no podía parar de llorar, lloré de
forma compulsiva, lloré y derramé toda la tensión del día, lloré
mis prisas, mis pensamientos y responsabilidades.
El guardia civil, pobrecillo, se me quedó mirando con cara de
no entender ni jota y me preguntó qué me pasaba. Y entre hipidos
y lagrimas le narré como había sido mi día desde las siete
de la mañana y que iba para mi casa sin cinturón de seguridad,
porque una tenía muchas cosas en la cabeza y mi Lola me estaba
esperando y que además me acababa de bajar la regla…jo,
que todo hay que decirlo.
El guardia no dijo esta boca es mía, permanecía impasible,
con los ojos desencajados y apenas pudo decir: Bueno mujer
¿Y que tiene que ver eso con no cumplir las normas?
Entonces es cuando estallé. ¿Qué que tiene que ver? Si es
que no puedo estar en todo, ¿Le parece poco? Y encima llevo la
compresa desde hace media hora pegada en la pierna, porque
con estas braguitas tan chicas ¿Sabe usted?, se mueven, y no
se puede ni imaginar lo que molestan las malditas alas en el
muslo, Dios mío.
El hombre ya no pudo más y soltó una carcajada entre risas
y penas y dijo que podía irme, que por ésta pasaba y que no
me multaba.
Cuando llegué a casa y vi a mi Lola sonreír, me desinflé y la
abracé con toda mi alma. Y aunque ella no comprendió mucho
de lo que te cuento a ti ahora, sé que se alegró conmigo.
Y terminó su relato diciendo: Ea, ¿Que te parece?
Yo me quedé a cuadros y es que mi amiga Rosa, además de
las palabras y el tono, puso su verdad y su vida.
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