miércoles 25 de noviembre de 2009

UNA MÁS





Desde niña aprendió que era mejor dar que recibir. Era su frase favorita, la repetía siempre que tenía ocasión. Ayer estuve con ella y no sé si estar de acuerdo.
Siempre fue una niña alegre, feliz y con madera de líder. En el cole, en la calle o en casa solía ser el centro de atención, tenía ingenio, era atrevida y un poco trasto. Su sonrisa hablaba por ella. Todos la queríamos.


Se hacía notar y destacaba donde fuera, su espíritu generoso la hacía embarcarse en todo tipo de tareas. Hacía recados, ayudaba en casa, si alguien necesitaba una mano allí estaba ella. No sabía decir que no: La enseñaron a dar.


La adolescencia fue un tránsito amable a una madurez que ya se le intuía. Tuvo su primer amor, más platónico que real con el que intercambiaba cartitas llenas de ilusión aunque jamás hubo un besó. Estudió y lo hizo de forma sobresaliente. Apenas salía, no quería que sus padres tuvieran más gastos así que ni se le ocurría ir al cine o a los bailes. Pertenecía a una familia humilde, de esas donde no hay de nada pero tienen de todo para regalar. Compartir era lo normal. Vestir las ropas que las hermanas mayores iban dejando le hacía ilusión, era como un paso a ser mayor. Fue feliz.


Su juventud fue afortunada, trabajó como asesora financiera en una gran empresa, empezó a ganar dinero y a dárselo a sus padres (era lo que más feliz le hacía), colaboro con distintas ONGs, dio clases de inglés a niños desfavorecidos y también conoció a su gran amor.
Como no podía ser de otro modo, ella que todo lo daba, le dio todo su ser. Dejó el trabajo en favor de los niños que tuvieron (él no había sido educado para eso y no estaba dispuesto a aprender). Se dedicó a sus hijos, a promover sus estudios, sus citas con los tutores; se ocupó de atender la casa manteniéndola siempre limpia y acogedora, el papeleo, los trámites con los bancos y las labores del hogar: ropa siempre a punto, hacer la comida…
Y los niños fueron creciendo y empezó a sentirse sola. Su marido la ignoraba: Él llegaba de trabajar, se sentaba a comer sin hablar, se duchaba, cogía un libro o miraba la televisión y a dormir. Las únicas palabras del marido eran para reprochar algo en la comida, poner faltas en la casa, reñir a los chicos que ya estaban mayores y más nada.
Ella fue educada para dar y diolo dió todo.
Una mañana, una amiga la llamó para ofrecerle un puesto de trabajo, “Tus hijos ya son mayorcitos, no hace falta que estés encima de ellos. Acepta mi oferta”, le dijo. Ella lo comentó en casa y todos lo aprobaron. El marido pensó que otro sueldo no les vendría mal. No era el dinero lo que ella buscaba, sino huir de la soledad, estar ocupada, ser útil y valorada y aceptó la oferta.
Cada día, cuando volvía de su trabajo, con la ayuda de los chicos recogía la casa y preparaban la cena y la comida del día siguiente, mientras el marido miraba la televisión.Un día la trajo a casa un compañero de trabajo, el marido montó en cólera y acabó con ella.
La habían enseñado a dar y nunca pidió nada a cambio.
Ayer estuve con ella, no sonreía, sus ojos estaban cerrados.
Maldigo el día en que la llamé para ese puesto.