
Te evoco y no te nombro
no vaya a ser que al llamarte,
te evapores
y te vuelvas a morir
como en diciembre.
Quiero imaginar que estás aquí,
que aún puedo
correr a tus brazos
y sentir el olor de tu pelo.
Cierro los ojos
y por un momento
te quedas conmigo.
Ya sé que es pueril
pensar así, pero
al llamarte retorno a la niña
de cuarenta años
que dejaste huerfana
aquella fría mañana
de hace ya seis años.
Y sigo necesitando
tu abrazo mamá.
María José

