martes 9 de febrero de 2010

El Cello





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Hacía frío, había estado todo el día lloviendo y las calles tenían aún las huellas de la tormenta. Esther me acababa de llamar, sabía que no tenía muchos ánimos y en cualquier momento me podría echar atrás y no acudir a su cita que con tanta ilusión había programado. Estaba apática aquella tarde gris, como si la lluvia hubiera entrado en mí aplatanándome completamente. No me apetecía hacer nada y la cita con Esther era una obligación más que un placer.

La entrada al teatro se iba llenando de gente, aquella noche un cuarteto de cuerda iba a interpretar a Bach y los que allí se congregaban comentaban sobre el autor y la calidad de los músicos que esa noche nos iban a deleitar con su arte. Todo me resultaba superfluo, me sentía como una intrusa. ¡Si yo apenas entendía de música, sí, aquello era raro para mí!

Como llegué antes que Esther busqué un hueco en el hall del teatro para esperarla, me sentía fuera de lugar, no me apetecía nada estar allí, mis ropas no eran las más apropiadas, me vestí sin ilusión y me coloqué el primer traje que asomaba por el armario, un vestido gris, como yo, como mis sentimientos, que me hiciera invisible. De repente sentí un murmullo entre los presentes para abrir paso a un grupo de personas que se acercaban, pasaron justo delante de mí y allí lo vi, fue como un rayo de sol en la fría noche. Era un hombre de mediana edad, de aspecto serio, con una barba que pretendía ser descuidada y que le daba un no sé qué de lo más atractivo. Pasó rápido por mi lado, pero fue suficiente para sentir como sus ojos se clavaban en los míos y un estremecimiento me recorrió el cuerpo. Apenas un segundo para sentir cómo mi ser, ahogado, se resistía a la apatía. Sus ojos me calentaron un segundo y en ese momento llegó Esther y nos dirigimos a la fila cinco del patio de butacas donde teníamos nuestros asientos reservados. Apenas pudimos hablar entre nosotras cuando la luz fue atenuándose hasta llegar a una penumbra mágica que invitaba al abandono del cuerpo y al despertar de los sentidos.

Llegaron los músicos y el teatro rompió en aplausos para darles la bienvenida, ellos saludaron y ocuparon sus lugares. Y allí estaba él, arriba en el escenario. Lanzó una mirada general, despreocupada y volvió a ocurrir, como un flash, nuestros ojos se encontraron y el tiempo pareció pararse. Aquel calor que había sentido en el hall me invadió de nuevo y me relajé, como si la tarde comenzara a tener otra luz después de todo.

Los músicos se fueron colocando en sus sitios. Mis sentidos ya estaban presos en él, mis ojos pendientes de cada uno de sus gestos. Con un gracioso movimiento y mucha naturalidad se subió un poco el pantalón al sentarse, abrió sus piernas para colocar entre ellas el violonchelo, tomó el arco con su mano derecha, mientras la izquierda acariciaba el final del instrumento, su mirada estaba concentrada en el cello, aquello me pareció un ritual lleno de amor. Pero justo antes de arrancar la primera nota volvió a mirarme al tiempo que rascaba las cuerdas y arrancaba las primeras notas de un preludio de Bach, y yo sentí que aquellas manos me acariciaban, que sacaban la nota perfecta de mis cuerdas, de mi persona. Dejé de ser yo, era el cello, y sentí como sus dedos en prolongación al arco acariciaba mí vientre y el sonido de la sala se mezclaba con una explosión de emociones que callaba en mi interior. Me estremecí y desde la oscuridad de la sala vi como se le escapaba una sonrisa y llenaba su pecho de aire para dejarlo escapar suavemente. La música fue llenando el espacio de tal modo, que ya no existía nada ni nadie más que él y yo. Su brazo se movía con decisión y delicadeza y de sus notas brotaban gritos, gemidos, magia. No sé cuánto duró aquella música que él sacó de mí. Había conseguido invadirme completamente y me había hecho su instrumento.

De aquella ensoñación desperté cuando Esther me tocó el hombro para decirme que ya había terminado. Me miró con cara de preocupación, yo me había quedado como hipnotizada, todo el público había salido y no me había dado ni cuenta.

Al salir del teatro, mientras nos despedíamos, sentí que tras de mi alguien nos miraba, al girarme comprobé con inquietud que era él que se acercaba a nosotras. Fuera del escenario se le veía algo más torpe, como si necesitara el cello para navegar por la vida. Pero venciendo todo se presentó a nosotras, dejando de lado a alguna de las autoridades intelectuales que aguardaban su saludo y que se quedaron con un palmo de narices. Yo me sentía morir, sus manos se extendieron para estrechar las mías y en ningún momento dejé de escuchar el preludio de Bach, como si continuara dentro del teatro y él tocara de nuevo cada una de mis cuerdas. Esther estaba sorprendida de aquel atrevimiento, especialmente cuando el músico susurró a mi oído “has estado magnífica esta noche”. Nos invitó a compartir la cena con él y aceptamos gustosas. Yo me sentía como el cello en sus manos, dejándome llevar, afinar, sonar…era suya, en sus manos sabía que sonaría la melodía más hermosa. Después de la cena dejamos a mi amiga en su casa y me acompañó a la mía. Allí hicimos sonar el cello toda la noche, Bach fue el ritual y la música nocturna más hermosa, melodía eterna de los cuerpos.